Cada vez más me convenzo de lo apropiado de utilizar los libros como terapia para muchas cosas. Porque una terapia nos ayuda a encontrar soluciones y afrontar las situaciones de la mejor manera posible, y los libros, más grandes o más pequeños, más actuales o de mayor antigüedad, incluso más sosegados o más trepidantes, son una herramienta idónea para nuestro bienestar.

Por su capacidad para evadirnos de todo y hacernos olvidar aquello que nos preocupa o que no nos permite pensar en otra cosa. Abrir una página significa hundirnos en sus líneas y navegar en su historia, olvidando por momentos nuestro alrededor. Aparecer en un balcón con Romeo suplicándonos desde abajo; encontrarnos en medio de un desaguisado donde un tal Poirot nos informa del culpable de un asesinato que al parecer ocurrió hace unos días, o convertirnos en una modista sofisticada que hace las veces de espía, son excelentes técnicas de evasión que nos han mostrado grandes obras.

Por sus grandes posibilidades de potenciar el mindfulness, tan en boga ahora mismo y especialmente útil para casos de estrés por “sobreimpactos” o por “infoxicación”. La lectura implica que nuestra atención se enfoque en lo que leemos, evitando la dispersión de atención y de acción. Concentrarse en lo que hacemos es importante, y la lectura fomenta especialmente esta capacidad. Os aseguro que si estáis aprendiendo a lanzar un Expecto Patronum con la profesora McGonagall, ni se os va a pasar por la cabeza atender a lo que dice el señor del tiempo en el televisor (y no os imagináis cuánto me gusta ver la previsión meteorológica…).

Por su labor de creación de hábitos saludables. Leer es tranquilidad; es potenciar la mente y la imaginación; y en ocasiones es también hacer ejercicio de bíceps y tríceps cuando al autor se le ha ido la mano con el teclado. Una buena edición en papel de Julia Navarro nos va a hacer pensar en cómo ubicar en el mapa diferentes lugares del planeta, al tiempo que portamos entre mano y mano un peso considerable apto para el gimnasio.

Por sus propiedades aromaterápicas. Pasar las páginas de un libro desprende un aroma calmante y, además, único y personal de cada obra. Respirar el olor a biblioteca, a libro de verano o a viejo manuscrito nos ayuda a concentrarnos en la lectura y en todo lo que transcurre en su interior.

Podría seguir con unos cuantos porqués más, porque en definitiva la lectura no sólo es buena para expandir el conocimiento, como se suele argumentar. Leer es vida, y es cultura y salud, y por eso mismo pienso que debería implantarse la libroterapia para la gran mayoría de “males” que nos atacan en nuestra rutina diaria. Por mi parte, desde hoy mismo me comprometo a expandir sus propiedades; ¿os unís a mí?

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